Bueno, me he retrasado un poco con la entrada de la expo de Richter, pero el miércoles terminé demasiado crujido para ponerme a escribir nada y ayer, con lo del viaje improvisado a Coruña, estuve todo el día arreglando cosillas de última hora. Vamos, que soy un poco perezosa y tonta, pero aquí estoy de nuevo en mi túnel con muchísimo tiempo libre, así que me pongo a ello.
Siempre es delicioso ir a ver exposiciones a la Fundación Telefónica, y no precisamente por su loable capacidad logística y organizativa (ya hablaremos de ello), sino por el edificio en sí mismo, una obra preciosa de finales de los años 20. Fue primer rascacielos de Madrid y el primero construido en toda Europa (alguna vez fuimos vanguardia, y no hablo de las cruzadas) y se mantuvo como el edificio más alto de la capital hasta la construcción del Edificio España en la plaza de España, creo que mediados los 50. Personalmente, lo que me la pone tiesa de verdad son sus ascensores, con esos dorados y decoraciones tan demodee (y por tanto, tan actuales en esta epoca de perpetuo revival), y las gigantescas y aparentemente carísimas arañas que adornan los vestíbulos. Imagino la cara de cualquier español de posguerra arrebatado por esos delirios corporativos en años de grandes carestías y aún más grandes dramas personales. La miseria. Y ejecutivos poderosos y llenos de orgullo, con sus sombreros y gabardinas, leyendo el ABC del día mientras los operarios les conducen hacia sus despachos. La soberbia. Las dos Españas. Déjalo, Marcos, que te pierdes...
Llevaba deseando ir a visitar esta antología de fotos pintadas desde que, una tarde de curro tonta más, me puse a ojear el catalogo virtual de Photoespaña (bastante mal organizado, por cierto). Desde el primer momento me llamó poderosamente la atención. Cierto que ya conocía la obra pictórica del de Dresde -y quién no siente fascinación al recordar sus abstractos, con esa técnica complejísima y que aún resulta un misterio para todos. ¿Cómo con un trabajo de la materia pictórica tan denso, fuerte y saturado, puede conseguir unos acabados tan limpios, planos? Una pureza que roza lo sublime. Que parece hecho con una impresora y no pintado, cojones-, pero las escasas muestras colgadas en la web oficial me revelaban que sus trabajos en técnica mixta iban a ser un auténtico delirio, una preciosidad absoulta. Además, la conjunción fotografía pintura me fascina desde hace bastante tiempo. Pues bien, ardía en deseos de ver a Richter -y a Pedro Costa también, a la vuelta de mi mini escapada al Atlántico ya os contaré lo que me pareció- y le ofrecí a Jorge acompañarme porque suponía que a él, siendo del ramo de los pintores de brochita finita finita, le molaría el alemán. En efecto, parece que en Portugal es bastante más conocido que por estos lares. La cultura de los lusos siempre hace que me sonroje.
En un principio, comencé la visita un poco decepcionado. Esperaba grandes formatos y la práctica totalidad de lo que se muestra aquí son fotografías de un tamaño estándar, como las que todos tenemos de cumpleaños familiares y visitas a la playa y todas esas mierdas que recogen nuestros más oscuros demonios familiares agarrándolos por la cola de su luz. Pero, superada la barrera del formato muy rápidamente, comienzas a apreciar la dificultad de un trabajo tan sutil y lleno de matices -me refiero al trabajo material con la pintura- en un espacio tan reducido. Casi un esfuerzo de minituarista medieval pintando delirios de dragones y sueños de ninfas pasados por un tamiz ácido. Yo, que con las manos no sé hacer casi nada aprovechable -algún ex dirá lo contrario llevado por un arranque de melancolía, pero no es cierto-, siento una envidia totalmente insana y que me instala en la idea del asesinato de estos hijos de puta superdotados físicos a los que llamamos artistas.
La exposición es bastante amplia, puesto que recoge obras desde que comenzó a trabajar este soporte hasta la actualidad, unos 20 años de experimentación constante, y a veces te embarga la sensación de tedio ante la repetición de ideas y elementos. El caso es que creo que estas fotografías pintadas son un jueguecillo doméstico del autor (o al menos empezaron siéndolo), en el que vio la posibilidad de experimentar nuevas formas de expresión al mismo tiempo en que buceaba en sus recuerdos familiares. En ese sentido, pienso que aúna dos mundos -la dualidad es un eje vertebrador de todo el conjunto, ya veréis- a priori antagónicos en el arte contemporáneo: la esfera emocional y la de la ideas. Los sentimientos y el pensamiento más puro.
Partiendo de viejas fotografías familiares, Richter establece un diálogo entre dos esferas de la creación que tienden a darse la espalda. Aplica lacas, tintes y óleos con una maestría técnica inigualable sobre estos fragmentos de su historia cotidiana y los lleva a un nuevo lugar significante, donde se diluyen los límites entre realidad (fotográfica) y ficción (pictórica), transformando los significados evidentes -nunca mejor dicho- de la fotografía en los límites de un universo onírico y mental generado por las manchas abstractas. La idea de límite, de hecho, se constituye en uno de los ejes fundamentales, a mi entender, del contenido que Richter pretende transmitir. El mundo no es sino una convención, una máscara de normalidad que encubre muchos otros mundos posibles, los mundos del delirio, de la ficción y de la creación. Así, en muchas de las obras se generan paisajes oníricos con el sistema siguiente: sobre un fondo real (hermosas montañas centroeuropeas, playas mediterráneas, bosques brumosos,...), la intervención creativa salpica, mancha, cubre ,a veces parcialmente y a veces casi por completo, el referente real y del encuentro de estos dos mundos surge una pléyade de ideas renovadoras. Es un cuento infantil, con dragones y princesas atrapadas en altísimos torreones, malvadas brujas y monstruos cariñosos, que aparece en mitad del mundo más prosaico y real.
Personalmente, los trabajos que más me agradaron los englobé en dos géneros, el paisaje anteriormente descrito y el retrato, donde las manchas cubren los rostros, deforman los recuerdos, devoran la memoria real para llevarla a un nuevo espacio donde la fantasía configura una nueva organización del mundo. Por otra parte, en muchas ocasiones no dejaron de venir a mi mente algunos referentes de la historia del arte -ay, maldita memoria, deja de mediatizar-. Los paisajes me recordaban muy a menudo obras impresionistas, sobre todo en fotografías pintadas de la primera década, donde el color era más comedido y se buscaba una cierta integración entre la gama cromática de la foto y la paleta de pintura empleada por el artista. Algunas obras, sin embargo, generaban complejas antítesis significantes, y el universo onírico que surgía de ellas me traía a la mente al siempre añorado Magritte. Pero eso ya son películas mías.
A pesar de la iluminación pésima y deficiente, el (des)orden cronológico del itinerario y la falta de cualquier tipo de folleto informativo (excepción hecha del catálogo, 45 leuris), salí más que satisfecho. Total y absolutamente recomendable.
Y perdón si estoy un pcoo caótico hoy, acabo de pillarme mi mp3 nuevo y no sé muy bien cómo hacerlo funcionar del todo bien... Qué penita me da ser un inmigrante tecnológico.
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